El jueves 26 de enero, a las 7:30 de la noche, la Sala Germán Kruger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores inaugura una exposición peculiar: una retrospectiva histórica que es al mismo tiempo un llamado la introspección y al recogimiento espiritual. Casi una oda a la vida retirada (Fray Luis de León), pero también un comentario sutil, contemplativo, al Gran Ruido de nuestros tiempos.
El Gran Ruido, el Gran Desorden, tan estentóreamente proclamado desde las artes consumidas por el espectáculo, encuentra su contrapunto incisivo en trayectorias alternas como las de Manuel Moncloa. Atención a la paradoja: una de nuestras mayores voces pictóricas es también una de las más calladas.
Desde 1980 la presencia de este pintor en la escena peruana se ha mantenido esporádica y furtiva, pero suficiente para el trazado de una trayectoria singular y excéntrica. A recuperar las complejidades de esa vía contemplativa está abocada esta muestra, en la que la curaduría de Gustavo Buntinx y las inquietudes de Micromuseo (“al fondo hay sitio”) recuperan la fragmentada y dispersa producción de Moncloa, articulándola a ejes de sentido formal y temático que establecen también una secuencia de elevaciones y búsquedas.
Al igual que en la Divina Comedia de Dante (tema preciso de uno de los cuadros seleccionados) esos desplazamientos artísticos son a la vez espirituales. Desde la temprana (1980-1985) concentración en geometrías abstractas alusivas a una estructura de ritmos a veces prehispánicos, hasta la pulverización de la materia plástica en los insondables paisajes cósmicos de los últimos años. Pasando por los entrecruzamientos de citas pictóricas diversas –incluso opuestas– en la culminante serie Vox angelica (1995-1996): una secuencia impresionante de composiciones concebidas como la escenografía formidable para una rediviva tradición medieval, renacentista o barroca, pero siempre al servicio de la elucubración mística.
Un paréntesis necesario en esa secuencia, casi su puesta en abismo, se ofrece en los enigmáticos bodegones y retratos de corte realista realizados entre 1987 y 1989, cuando nuestra violencia grande amagaba ya la ciudad de Lima. Ajenos a ese terror, en estos cuadros los personajes pierden la mirada en una lontananza que es sobre todo interior, aunque en ocasiones esta introspección pareciera dirigirse hacia el afuera más amplio sugerido por un balcón o por una ventana –recurso que le permite a Moncloa introducir la significativa mediación del vidrio y del reflejo, de la cortina y del velo–.
Ese velo es también el que recubre la obra toda del artífice con una exquisita factura pictórica: es crucial percibir siempre cómo la de Moncloa es una vocación solitaria marcada por el compromiso tanto con el refinamiento de las técnicas plásticas como con la profundización de los sentidos espirituales en la prodigiosa imaginería así concebida. “Forma” y “contenido” confluyen así una búsqueda de aquel “Dios oculto”, “Dios escondido”, cuya formulación latina –Deus absconditus– sirve de título a esta primera revisión sistemática de la obra de Moncloa. Y a la impresionante Verónica sin rostro en el cuadro escogido como su imagen emblemática.
El resultado se nos ofrece como oportunidad excepcional para confrontar la desafiante complejidad de una poco visible pero portentosa creación artística, a contrapelo del sonido y de la furia de las últimas décadas del siglo XX, atravesadas por la guerra y por la dictadura. Pero a contrapelo también de la liquidación hedónica de todo ese (melo)drama bajo la revolución capitalista que desde el año 2000 nos envuelve.
Volver, ahora, a la pintura de Moncloa, es un gesto crítico de nítida radicalidad ante el derroche de goces superficiales que hoy amenaza a un medio artístico en inminente riesgo de verse devorado por las modas.